Miguel Ángel Rojo

Un Bushi del siglo XXI

La historia de Miguel Ángel Rojo es la de un buscador incansable. Desde que empezó con el estudio de las artes marciales, hace ya más de treinta años, se esfuerza cada día por conocer la verdad del Arte, por profundizar más en sus raíces y alcanzar el conocimiento oculto, el okuden, que es la esencia de cualquier arte marcial. Su bagaje marcial es muy amplio, y sus numerosos viajes por todo el mundo asistiendo a cursos y conociendo a maestros de diferentes especialidades le avalan: Miguel practica, o ha practicado, Judo, Taekwondo, Karate, Kobudo, Taiji Quan, Tai Jitsu, Kenjutsu, Iaido... Por si eso fuera poco, posee un profundo conocimiento de la medicina tradicional China –cualquiera que haya leído el Bubishi sabrá de la estrecha relación que existe entre ésta y las artes marciales tradicionales-, especialidad a la que en la actualidad se dedica profesionalmente. Sin duda, su opinión sobre las artes marciales cuenta, y por ello nos desplazamos hasta la localidad lucense de Burela, donde tiene su sede el Dojo Bushido, que él mismo dirige, con el fin de conocer algo más sobre la esencia del Arte.

En las paredes su dojo no hay diplomas, ni títulos, ni certificados de asistencia a cursos de tal o cual maestro. Destaca, sin embargo, una foto suya en blanco y negro, vestido de judogi, de cuando Miguel era aún un niño. “Nací en Madrid, y empecé a los cinco años a practicar judo en el Gimnasio Complutense, hasta los catorce o quince –aclara Miguel-. Mi profesor era Agustín Hernández y recuerdo todo el sudor y el esfuerzo de aquella época. Antes, en los niveles inferiores se trabajaba diferente: en un mismo grupo estábamos niños y adultos, y por lo tanto los más pequeños no teníamos clases como las de ahora, llenas de juegos y actividades recreativas, sino que era Judo, puro y duro”.

Hablando de aquella, su primera época como artista marcial, Miguel hace un esfuerzo por recordar sus sensaciones. “El judo –continúa Miguel- me ha dado espíritu de trabajo, el hábito de ir al dojo diariamente a practicar. Por cierto, he de admitir que iba a las clases obligado. En aquel momento el médico le dijo a mi madre que debería de hacer alguna actividad deportiva por las tardes, pero de aquella no había tantas actividades extraescolares como ahora, y me recomendó la piscina o el judo, no sé por qué esas dos cosas, supongo que porque el judo hace treinta y pico años era algo novedoso, que venía de oriente y era visto, más que nada, como una actividad física. En mi barrio no había piscina climatizada y el judo era lo que tocaba. Al principio no quería entrenar, e iba llorando a las clases de la mano de mi padre. Mi padre me dijo: “te hemos comprado kimono, te hemos pagado la licencia anual, así que ahora vas”. Y ya ves, treinta años después, las artes marciales son lo más importante en mi vida, ocupan el ochenta por ciento de mi tiempo”.

Años después, con la adolescencia, Miguel sintió la necesidad de probar la efectividad de sus técnicas y de buscar el contacto y el golpeo, aspecto este último ausente en el judo. “Cuando tenía alrededor de 14 años tuve encontronazos con el Tae Kwon Do, arte que simultaneé con el judo durante unos meses –continúa Miguel-. Había ambas actividades en el gimnasio, y el horario era compatible, así que me decidí, pero la ilusión me duró poco, probablemente porque no entendía muy bien lo que hacía, tal vez por la época, la adolescencia, en la que me atraía más el contacto y el golpearse. El Tae Kwon Do me parecía muy estático, hacíamos demasiados katas (Pumses), no era como ahora, que en la mayoría de los gimnasios se enseña un Tae Kwon Do mucho más deportivo, y todo aquello no me parecía útil en absoluto, esto demostraba mi falta de madurez marcial. Quién me iba a decir que algún tiempo después iba a centrarme en el karate e iba a estar haciendo katas hasta la saciedad. Como consecuencia de todo ello, probé en Full Contact, y me dediqué a esta especialidad durante tres años”.

Tras el Judo, el Taekwondo y el Full Contact, le llegó su turno al karate: “Cuando me vine a vivir a Burela, a los 17 años, practicaba en el bajo de casa con un grupo de amigos, y un buen día me hablaron del karate. No me atraía demasiado la idea, sobre todo por la experiencia que había tenido unos años antes con el Tae Kwon Do, pero aún así me decidí a probar. Empecé a practicar Shito Ryu con el profesor que daba clases en mi pueblo y algún tiempo después tuve contactos con el Maestro Yasunari Ishimi. Ya en aquella época había cumplido los 18 años y gozaba de una independencia que me permitía viajar y conocer a Maestros de otras artes marciales, como el Iaido, el Kobudo okinawense y el Tai Jitsu”.

Su práctica del karate derivó, años después, en lo que él mismo define como una crisis de fe. “Me planté en los diez años haciendo karate, y entonces me di cuenta de que, o lo dejaba, o tenía que buscar otra cosa. Hacer katas, repetir gestos y sudar mucho está muy bien, es parte del entrenamiento, pero buscaba algo más. No concebía que la filosofía del arte pudiera ser ésa, ver quién era más fuerte y más rápido, o quién hacía un gesto técnico más estético, así que me puse a indagar. Fue un momento de crisis de fe, podríamos decir, en el que conocí a Jesús María García, Chus, que vive en Irún. Ostenta el séptimo Dan de Karate, y actualmente es mi maestro de Karate e Iaido, y a la vez, por circunstancias, yo soy su profesor de Taiji Quan. Yo había leído cosas de él, entrevistas y artículos, y tenía cierta información, así que intenté contactar con él. Me gustaba su filosofía, había estado muchas veces en Japón, practicando en el Butokuden en Kyoto, y tras un tiempo hablando por teléfono y mandándonos e-mail, tuve la oportunidad de conocerle en un curso. Entonces me dije que, si me aceptaba como alumno, seguiría con él siempre; si no, las dejaría. Las palabras textuales que le dije fueron: ”Maestro, con usted haré Iaido, y si un día tenemos que hacer escobas las haremos, pero juntos”. Hoy estamos teniendo esta conversación gracias a él, a Chus, porque él me demostró que el arte no es solo dar puñetazos y patadas, sino que el okuden, lo desconocido, la parte escondida, es lo realmente importante. Y a eso me he dedicado en los últimos años, a buscar el okuden por todo el mundo, desde China a Tailandia, pasando por Francia, Alemania, y otros países, en diferentes escuelas de Bu Jutsu, Karate, e Iaido, sobre todo”.

No podíamos pasar por alto la oportunidad de saber algo más de estos viajes, así que tiramos de la lengua a Miguel para que se explayase un poco más y nos contase alguna anécdota, interesante o curiosa, sobre ellos: “He hecho muchos viajes que recuerdo con mucho cariño. Cada uno de ellos ha sido como abrir una puerta diferente. Cuando vuelvo de un viaje, independientemente de donde haya ido, vuelvo con una mentalidad distinta. Si quieres que te cuente algo curioso te hablaré de un viaje que hice a China para aprender Taiji Quan (estilo interno de Kung Fu) con un prestigioso Maestro. Nos presentamos en el dojo unas quince personas, y el maestro nos tuvo una semana entera haciendo un trabajo duro de elasticidad y fuerza física, que no tenía nada que ver con lo que en teoría íbamos a aprender. Era preparación física, pura y dura, y muy rutinaria. El Maestro necesitaba la prueba de que queríamos aprender de corazón, y nos tuvo muchas horas haciendo cinco únicos ejercicios, siempre los mismos, para intentar desilusionarnos. Al cabo de unos días, del grupo de quince quedábamos dos, el resto se fue desanimando. Una vez se puso a enseñarnos, no nos dejaba libres ni los fines de semana, quería que aprendiéramos lo máximo en el tiempo que quedaba. Fue una gran experiencia, en la que cada mañana, a las cinco, con un gran dolor de las agujetas del día anterior, iba a practicar sabiendo lo que esperaba y con la idea de que era absurdo; era una lucha contra mi propia mente. Recuerdo incluso que había unos ventiladores grandes, que estábamos en verano y que había 38º de temperatura y un 80 % de humedad ambiental, pero los ventiladores no se encendían. “Para aprender un buen Kung Fu hay que sufrir”, nos decía el Maestro, a través del traductor. Hoy reconozco que aquello supuso una gran experiencia, de las mejores. Eso sí, los ventiladores nunca los encendió”.

Aprovechando su amplio bagaje marcial y su conocimiento de disciplinas tanto chinas como japoneses, nos interesaba conocer si, en opinión de Miguel, es necesario que un budoka domine diferentes artes para considerarse un artista marcial completo. “Creo humildemente que, si quieres conocer tu pueblo, tienes que viajar fuera para valorar lo que tienes –confiesa Miguel-. Si eres experto en un arte marcial concreto, para saborear ese plato que tienes, que ya es tuyo, tienes que probar otras comidas, es decir, otras disciplinas. Hay que intentar, eso sí, que sean complementarias, que una enriquezca a la otra; está claro que no se puede viajar en avión y en coche a la vez, y en este sentido hay disciplinas que no se complementan demasiado bien. Lo bueno es que hoy en día es más fácil aprender artes marciales que hace veinte o treinta años: tenemos más facilidad para desplazarnos, los maestros se conocen más entre sí, se organizan muchos más cursos… de todo ello debemos aprovecharnos. Los grandes artistas marciales de la historia han aprendido varias disciplinas. Antiguamente, cuando un alumno llegaba a cierto grado de aprendizaje, su propio Sensei le mandaba con otros Maestros a seguir aprendiendo. No nos tiene que parecer que traicionamos a nuestro propio estilo, sino al revés. No estoy de acuerdo, sin embargo, en mezclar, es decir, en utilizar lo que hayamos aprendido en otros estilos para mezclarlo con lo que ya sabemos. El arte hay que transmitirlo puro, sin contaminarlo. Un ejemplo de lo importante que es el buscar el conocimiento más allá de nuestro dojo lo tenemos en los antiguos grandes maestros japoneses. Muchos de ellos viajaron a China en busca de la verdad, del okuden de las técnicas que habían aprendido en los katas. A mí me ocurre esto mismo: cuanto más profundizo en el arte marcial chino, más me doy cuenta de que ahí están las respuestas, las piezas que nos faltan para entender el puzzle completo de la especialidad que practiquemos”.

A estas alturas de la conversación, nos surge una duda importante: ¿Cómo han conseguido sus maestros inculcar en Miguel tal determinación y tales ansias por aprender? “Conociendo a Chus, mi actual maestro, es fácil de entender –asegura Miguel-. Él lleva toda la vida luchando por conocer la verdad, viajando a Japón, y me ha ayudado a intentar descubrir esa verdad. Ahora ocurre que muchas cosas las descubrimos juntos. Recuerdo que, cuando iba a su casa a Irún para practicar Iaido, justo antes de esta clase de Iaido daba una clase específica para karatekas de tercer dan en adelante. Muy poca gente en España puede permitirse el lujo de dar clase a un grupo tan selecto. Recuerdo que en el vestuario, después de las clases, comentaban entre ellos “mira que hemos aprendido cosas hoy”. Yo entonces les preguntaba si no llevaban con Chus desde niños, cuestionándome qué se puede aprender de un maestro con el que llevas veinte años entrenando. Ellos mismos estaban sorprendidos, y eso me dio el ansia para seguir y la idea de que el camino de las artes marciales es un camino inagotable. En mi caso, lo he vivido como una progresión constante, y cada arte de los que he practicado me ha aportado algo diferente: el Kenjutsu, un acercamiento a la visión antropológica del arte marcial japonés; el Judo, el hábito de entrenar a diario y de esforzarme; el karate, la disciplina necesaria para repetir y repetir incansablemente los mismos gestos a través del kata; el Taiji Quan, la genialidad, la excelencia; el Tai Jitsu, la aplicación práctica… todo te forma, se complementa y te transforma”.

Teniendo a Miguel delante no podemos pasar por alto la oportunidad de conocer su opinión sobre el estrecho vínculo que une a las artes marciales tradicionales con los principios de la Medicina Tradicional China (MTC). “Hablar de eso es complicado, nos haría falta escribir un libro entero –afirma Miguel-. La MTC y la filosofía oriental son una misma cosa, y el arte marcial, lo mismo, y entonces todo se funde. Cuando se hacía un kata japonés que venía de los Quan chinos, básicamente una técnica era un golpeo, una proyección, una luxación y todo en un mismo movimiento, y por supuesto servía para su aplicación en alguno de los puntos vitales del cuerpo humano. Muchos puntos que sirven para curar, también sirve para hacer daño o bloquear, y por ello me parece imprescindible que un budoka de cierto nivel tenga conocimientos de medicina tradicional china. Ello le va a ayudar a abrir un campo oculto, algo desconocido. Me sorprende cuando algún profesor de karate que no conoce las escuelas Shito Ryu o Goju Ryu, sonríe al ver movimientos circulares que parecen florituras, diciendo que no sirven para nada. Yo entonces sonrío por lo contrario, porque ésas son las partes más importantes, los ataques a puntos vitales, el okuden, la esencia. Pero la verdad es que todo tiene su razón de ser. Muchos movimientos, cuando llegaron a Okinawa, y luego a Japón, procedentes de China, llegaron sesgados. Es como tener una puerta disfrazada. Si alguien no te dice que es una puerta, puedes pasar por delante de ella mil veces sin saber que allí hay una entrada. Eso sucede con los puntos vitales y la MTC. Los grandes maestros siempre han sabido cómo hacer daño y cómo curar. Por eso entré en la MTC, para poder entender mejor el arte marcial. La fusión entre MTC y la filosofía oriental, íntimamente ligadas, abre muchas puertas, da muchas respuestas al porqué de muchas preguntas”.

En la actualidad, Miguel compagina su trabajo como experto en MTC con sus clases de Taiji Quan y Tai Jitsu, y con la celebración de cursos de diferentes especialidades por toda España. “Tai Jitsu, Tai Chi e Iaido son ahora mis principales ocupaciones en el ámbito de las artes marciales. En Tai Chi empecé hace bastantes años, y en Tai Jitsu prácticamente a la par. Empecé con más fuerza en Tai Jitsu, porque con el Tai Chi me pasó lo mismo que con el Tae Kwon Do en su momento, no entendía nada. Me parecía un baile, una tontería, y un par de años fue lo que me llevó enterarme de qué iba la fiesta. Tuve que, como dicen los japoneses, vaciar mi propia taza para intentar llenarla. Al final, es un problema de soberbia. La soberbia no nos deja aprender. Nos acercamos a ver algo nuevo e instintivamente lo comparamos con lo que ya sabemos. No hay que intentar siempre relacionar lo nuevo con lo que ya tenemos, solo así podremos estar totalmente receptivos a lo que se nos intenta enseñar. Ahora más de la mitad de mi tiempo se la dedico al Taiji Quan. Soy Director Técnico Nacional y gran parte de los cursos que imparto por España son de Taiji Quan. Para el Tai Jitsu también me reclaman, y últimamente me llaman bastante para enseñar Kyusho, el arte de los Puntos Vitales. El kyusho tiene sus niveles. Se puede abordar el estudio de los puntos a un nivel que no resulte peligroso. Hay que saber siempre, eso sí, a quién se le transmite según qué tipo de conocimiento. Yo a veces rechazo ofertas de cursos por no conocer a quién me llama. En ese sentido, me considero un privilegiado, tengo la suerte de poder elegir a mis alumnos. Me gusta enseñar a gente que quiere aprender de corazón, que escucha y no se envalentona. Los occidentales nos acercamos a las cosas sin respeto. En oriente, por ejemplo, antes de empezar a practicar la gente reza, se acerca con respeto a las cosas. Aquí ni siquiera se cumple bien con el Rei Siki, no se sabe por qué se saluda. Me da tristeza ver eso. La gente entra en el dojo como si fuera al gimnasio. Eso luego se ve en la forma de practicar, y en la de transmitir el arte. Hay que tener respeto al arte. Chus siempre me decía que “ el Arte tiene karma” , y no hay que enfadar al karma, hay que ser honesto con el arte”.

“Ni mucho menos creo que haya encontrado el verdadero okuden -continúa Miguel-, después de mis estancias en oriente me he dado cuenta de que, para un occidental, es muy difícil el acercamiento a algo que forma parte de lo más profundo de una cultura tan ajena a la nuestra. Por ello debemos de trabajar mucho y estudiar mucho más, para acercarnos de una forma menos sesgada al conocimiento; debemos de ser honestos con nosotros mismos para saber el nivel en el que estamos, muchas veces los profesores se pueden llegar a creer que tienen un gran conocimiento porque no han visto otra cosa, no por maldad, y por eso hay que aplicarse todos el dicho chino de “nunca uno está tan lejos del camino (Tao-Do), como cuando cree que va por Él”. Cuando creemos que estamos en el buen camino debemos de parar, reflexionar y volver a empezar, porque seguro que nos estaremos equivocando, es la genialidad de oriente, el eterno círculo, el eterno empezar. No nos debe dar miedo volver a empezar, tener la ilusión del cinturón blanco que empieza; al contrario, ése es el camino del aprendizaje, la ilusión. Veo con tristeza que hay profesores que se ponen el kimono para dar la clase como quien va a una fábrica y se pone una funda de trabajo, con la idea de que termine todo pronto para volver a casa, y eso se transmite a los alumnos, esa desidia, por eso, volvamos a ilusionarnos”.

“Quiero, como colofón a esta entrevista, mostrar mi eterna gratitud a mi MAESTRO con mayúsculas, Chus García, nunca le podré estar lo suficientemente agradecido, estar con él es cargar las pilas del Budo, venir con ganas renovadas, y nunca te falla, porque el Budo nunca falla, muchas gracias Maestro. Y, sobre todo, quiero dar las gracias a mis alumnos, que al final son también mis Maestros, ellos con su apoyo e ilusión, me siguen dando las ganas de seguir cada día. Al final, un profesor no es nadie sin sus alumnos, siempre tendrán mi mas profunda gratitud, muchísimas gracias por estar a mi lado”.


Entrevista realizada el 1 de julio de 2011.



ficha -----------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Nombre: Miguel Ángel
Rojo Darriba.

Edad: 37 años.

Dojo: Bushido.
Rosalía de Castro, 44,
Burela (Lugo).

Teléfono:
670 24 95 54 / 982 58 61 46.

Experiencia en: Judo, Jiu Jitsu, Tai-Jitsu, Nihon Taijitsu, Kobudo Okinawense, Karate Shito Ryu, Ken-Jutsu, Iaido, Taiji Quan, Qi Gong, Defensa Personal Policial, y Kôbudo japonés. En estas artes, ostenta entre el 1º y el 4º Dan.

Técnico Superior en Medicina Tradicional China y Experto en Acupuntura por la Universidad de León .

Texto: GJB

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